Tras un dolor de cabeza, Juan abrió los ojos. Un solo y gran cabello rubio despintado por la base, cruzando lo largo de la almohada contigua perfumada por un cuerpo extraño al suyo que ya no estaba ahí, logro en él lo que ni el imprudente sol de la mañana de un verano aún tardío, lo que ni la baba espesada por su excesivo consumo de tabaco, lo que ni la sed ni la deshidratación causante de ese dolor punzante sobre las sienes. Solo ese cabello lo trajo a la certeza de un domingo por la mañana.
Tras un dolor de cabeza Juan despertó solo, otra vez.
domingo, 13 de septiembre de 2009
martes, 23 de diciembre de 2008
maquillaje

Darío al recogerse en el borde de la cama siente una gran preocupación que le aprieta el pecho. Coje un cigarrillo y encendedor de su velador, lo prende, y rascándose la cabeza de modo automático, se levanta. Dirigiéndose a su computadora ve sobre el mueble una ruma de papeles en desorden, fotografías y cintas de video. Inevitablemente y sobándose el rostro revisa con desdén las páginas de un periódico remoto. Salta a las últimas páginas. Lee y repite un número marcado en su memoria. Marca el número en su teléfono celular.
Darío y Yolanda caminan juntos sin hablar. Darío se adelanta un poco y cediéndole el paso le indica por donde ir. Yolanda, con extrañeza cruza el pórtico de madera. Sube por las escaleras en penumbras. Escalón a escalón siente crujir la madera bajo sus pies. Darío la sigue unos pasos atrás, observa detenidamente los zapatos de tacón alto. Va subiendo la mirada por las pantorrillas carnosas que se dejan ver por las medias de nylon imprudente. Sigue por los muslos y caderas enfundadas en un desgastado vestido rojo escarlata, ceñido, más aún por la cintura. Le parece pecaminosamente gracioso, la silueta de Yolanda le recuerda a una palta, a una pera, más bien. Nuevamente Darío se adelanta. Saca las llaves de su bolsillo y abre la puerta. Yolanda ingresa y no se sorprende al ver el desorden del cuarto y menos aún el olor que le ofendió al entrar. El cuarto se encuentra en desorden y todo esta fuera de lugar. El foco, que pende del techo descascarado, oscilante da una luz amarillenta y débil a la habitación, poniéndola en penumbras. La ventana un poco abierta deja que el ruido de motores, rechinar de llantas, y las bocinas de los autos de fuera; se escurran por las cortinas sucias y también amarillentas.
Después, Darío enciende un cigarrillo, lo fuma con fruición. Yolanda de a pocos va incorporándose y con lentitud se pone de pie. Coge una toalla que encuentra por allí. Entra en la ducha y se da un baño. Darío mientras tanto sigue devorando el cigarrillo. También se pone de pie y se dirige hacia una gaveta. Saca una cámara filmadora. La revisa, aprieta unos botones, mueve pequeñas manijas, coloca lentes y filtros. Yolanda sale de la ducha secándose el cabello, y aun desnuda se sienta frente a un espejo mugriento en los que a penas puede ver sus ojos maltrechos y trasnochados, sus labios con una sonrisa que no ya no es más que una mueca, pómulos salientes, nariz aguileña, trigueña de nacimiento, blanca por el maquillaje. Saca de su bolso de cuero negro todo un arsenal de lápices y tintes que los vierte sobre el improvisado tocador. Darío, sentado al costado de ella, sin mediar palabra alguna la observa con mucha paciencia. Se quedan en silencio. Yolanda coge el lápiz labial y se lo frota en la boca. Darío acerca su mano derecha sobre la pierna de ella. Comienza a acariciar lentamente. Yolanda se detiene un momento, le mira a los ojos, se pone nerviosa. Darío sigue acariciando, y va subiendo la mano hasta llegar al pubis. Juega con sus dedos y besándola en la nuca le repite una palabra fugaz.
Yolanda continúa su labor y se lleva lentamente el colorete a los labios, acariciándolos. La sonrisa ya ha dejado de ser una simple mueca y se ha convertido en un jardín de anhelos. Le da un ligero beso en la mejilla y la barba que minutos antes le raspaba el rostro, es una caricia esperada. Coje un nuevo instrumento de embellecimiento y va cubriendo sus parpados desgastados, sus pómulos de chola indómita. El ruido de fuera parece haber desaparecido. Darío retira su mano. Yolanda termina de maquillarse. Se dirige a la cama. Recoge su ropa del suelo y se la pone. Mira a Darío a través del reflejo del espejo. Ve sacar un paquetito del cajón de al lado. Darío hace un cartucho con un billete. Vierte la sustancia blanquecina sobre el mismo mueble donde Yolanda puso sus cosméticos, donde por un instante se sintió mujer. Levanta la mirada, y observa como Yolanda, su desnudes, va desapareciendo debajo del vestido escarlata. Vuelve la mirada abajo, y aspira firmemente el alcaloide. Sobándose la nariz, restregando los residuos en las ensillas y observando como ella va abriendo la puerta y desapareciendo tras ella, se pone de pie abre completamente la ventana. Las bisagras rechinan. El viento matinal ingresa con fuerza. Se apoya en el marco. Mira el suelo y siente incontrolables ganas de caer. Mira arriba, el cielo rojo. Esta amaneciendo, se dijo así mismo. Vuelva la mirada abajo. Se arrepiente. El ruido aumenta.
Darío y Yolanda caminan juntos sin hablar. Darío se adelanta un poco y cediéndole el paso le indica por donde ir. Yolanda, con extrañeza cruza el pórtico de madera. Sube por las escaleras en penumbras. Escalón a escalón siente crujir la madera bajo sus pies. Darío la sigue unos pasos atrás, observa detenidamente los zapatos de tacón alto. Va subiendo la mirada por las pantorrillas carnosas que se dejan ver por las medias de nylon imprudente. Sigue por los muslos y caderas enfundadas en un desgastado vestido rojo escarlata, ceñido, más aún por la cintura. Le parece pecaminosamente gracioso, la silueta de Yolanda le recuerda a una palta, a una pera, más bien. Nuevamente Darío se adelanta. Saca las llaves de su bolsillo y abre la puerta. Yolanda ingresa y no se sorprende al ver el desorden del cuarto y menos aún el olor que le ofendió al entrar. El cuarto se encuentra en desorden y todo esta fuera de lugar. El foco, que pende del techo descascarado, oscilante da una luz amarillenta y débil a la habitación, poniéndola en penumbras. La ventana un poco abierta deja que el ruido de motores, rechinar de llantas, y las bocinas de los autos de fuera; se escurran por las cortinas sucias y también amarillentas.
Después, Darío enciende un cigarrillo, lo fuma con fruición. Yolanda de a pocos va incorporándose y con lentitud se pone de pie. Coge una toalla que encuentra por allí. Entra en la ducha y se da un baño. Darío mientras tanto sigue devorando el cigarrillo. También se pone de pie y se dirige hacia una gaveta. Saca una cámara filmadora. La revisa, aprieta unos botones, mueve pequeñas manijas, coloca lentes y filtros. Yolanda sale de la ducha secándose el cabello, y aun desnuda se sienta frente a un espejo mugriento en los que a penas puede ver sus ojos maltrechos y trasnochados, sus labios con una sonrisa que no ya no es más que una mueca, pómulos salientes, nariz aguileña, trigueña de nacimiento, blanca por el maquillaje. Saca de su bolso de cuero negro todo un arsenal de lápices y tintes que los vierte sobre el improvisado tocador. Darío, sentado al costado de ella, sin mediar palabra alguna la observa con mucha paciencia. Se quedan en silencio. Yolanda coge el lápiz labial y se lo frota en la boca. Darío acerca su mano derecha sobre la pierna de ella. Comienza a acariciar lentamente. Yolanda se detiene un momento, le mira a los ojos, se pone nerviosa. Darío sigue acariciando, y va subiendo la mano hasta llegar al pubis. Juega con sus dedos y besándola en la nuca le repite una palabra fugaz.
Yolanda continúa su labor y se lleva lentamente el colorete a los labios, acariciándolos. La sonrisa ya ha dejado de ser una simple mueca y se ha convertido en un jardín de anhelos. Le da un ligero beso en la mejilla y la barba que minutos antes le raspaba el rostro, es una caricia esperada. Coje un nuevo instrumento de embellecimiento y va cubriendo sus parpados desgastados, sus pómulos de chola indómita. El ruido de fuera parece haber desaparecido. Darío retira su mano. Yolanda termina de maquillarse. Se dirige a la cama. Recoge su ropa del suelo y se la pone. Mira a Darío a través del reflejo del espejo. Ve sacar un paquetito del cajón de al lado. Darío hace un cartucho con un billete. Vierte la sustancia blanquecina sobre el mismo mueble donde Yolanda puso sus cosméticos, donde por un instante se sintió mujer. Levanta la mirada, y observa como Yolanda, su desnudes, va desapareciendo debajo del vestido escarlata. Vuelve la mirada abajo, y aspira firmemente el alcaloide. Sobándose la nariz, restregando los residuos en las ensillas y observando como ella va abriendo la puerta y desapareciendo tras ella, se pone de pie abre completamente la ventana. Las bisagras rechinan. El viento matinal ingresa con fuerza. Se apoya en el marco. Mira el suelo y siente incontrolables ganas de caer. Mira arriba, el cielo rojo. Esta amaneciendo, se dijo así mismo. Vuelva la mirada abajo. Se arrepiente. El ruido aumenta.
melquiades

Melquiades, estando en su dormitorio, se ha tirado un pedo. El olor le ha recordado que no debe comer frejoles en el mercado modelo; así mismo le recuerda aquellas épocas cuando dormía con su hermano mayor. Se acuerda de él y se pone nostálgico. Los efluvios le han hecho perder la concentración en la imagen de su compañera de clase. La imagen pretendió fijarla con aquel cigarro mágico que le sobró de su última juerga, pero él no le dio tiempo de prenderlo. Sube a la azotea de su casa para respirar aire puro y ya no seguir recordando.
Tiene un dolor estomacal. Su abuela alguna vez le dijo que la mejor manera de eliminar los gases era acostándose de barriga a la cama o, en todo caso, caminar por unos diez minutos; la primera opción ya la descartó por cuestiones obvias. Sus manos frías las introduce en los bolsillos del jean, se encoge de hombros, y comienza a recorrer el perímetro de la azotea; ocho metros de frente y quince de fondo. Vuelve a su mente la imagen de ella; de ella, ingresando al aula; de ella, sonriéndole de manera hipócrita; de ella, saludándolo fríamente; de ella, sentándose delante de él; de ella, recojiéndose el cabello con sus manos blancas; de ella, sujetando su cabello hondeado, castaño oscuro, con un gancho; de ella, hablándole a todo el mundo menos a él; de ella, alejándose cuando él se acerca; de ella, acercándose cuando él se va.
Sigue caminando. Observa una de las ventanas de la casa vecina. Procurando que no lo vean, se agacha; la respiración se le acelera, la cortina está abierta; fuerza la visión, lamenta no haberse puesto los lentes; por fin logra ver algo encima de la cama sin tender, un sostén, un calzón, y otras prendas de vestir de menor importancia para él. Luego de cinco minutos, las piernas se le han entumecido producto de la posición y el frío; sin separar la vista de la ventana, se frota las piernas para calentarlas. Transcurren cinco minutos más, ahora tiene entumecidos los brazos. La esperanza de que la dueña del cuarto ingrese con una diminuta toalla y aún húmeda por el baño, le hacían soportar estas penurias. Diez minutos más, se convence de que nadie entrará y se pone de pie. Sigue caminando.
El frío arrecia y hace que desaparezca la leve rigidez que causó la escena de la ventana. Esta vez pone las manos en los bolsillos de la casaca. En uno de ellos encuentra el porrito; lo saca y comienza a retorcer uno de los extremos. Del otro bolsillo saca el zipo y lo enciende; frunce los labios, aspira fuerte, se concentra; vuelve aspirar, con timidez el humo ingresa a su boca; aspira profundo, el humo en la garganta, en los pulmones, tose; aspira una, dos, tres veces más; con paciencia espera los resultados; una nueva bocanada y el dolor del estomago va desapareciendo al igual que el cigarro entre sus dedos en pinza. Con gran esmero absorbe lo último, se quema la yema de los dedos y deja caer un diminuto pucho amarillento.
Cabeza adormecida, brazos hormigueantes, lengua reseca, sensaciones que nunca quisiera dejar de experimentar. Sube la mirada, el cielo gris y la neblina devorando las covachas del cerro San Cristóbal. Respira profunda y lentamente para hallar aquel delicioso olor que, en otros tiempos, la chimenea de la fábrica de cerveza, vertía en vómitos de vapor hacia el cielo. No lo halla. Vuelve a caminar, esta vez con pasos timidos. Ella se le acerca y le dice que quiere hablar. Treinta metros. Él la mira directo a los ojos y le dice que le gustaría ir a pasear. Salen de la universidad. Veintiocho metros. Doblan la esquina; mejor vamos a tomar algo. Cruzan a la derecha. Veinticinco metros.
Ingresan al lugar previsto. Veintidos metros. Sienten el tufo de cigarro, alcohol barato y humedad que se pega melosamente en el interior de sus fosas nasales. Veinte metros. Suben al tabladillo, escogen una mesa, no cualquiera, la de siempre. Diecisiete metros. El cantinero ya los conoce, automáticamente coloca en el centro de la mesa una jarra, vaso, cenicero, y lo obvio, una oferta. Dieciséis metros. Ella abre la gaseosa, él el ron, lo mezclan en la jarra, se miran, sonríen; salud por ti, por nosotros. Catorce metros. Se sienten cómodos, casi felices. Doce metros. El alcohol ingresa raspando la garganta, irritándola.
Siete metros. Preparan la segunda jarra, siguen bebiendo. Sobre sus cabezas una ridícula neblina de humo se ha formado. A cada minuto que pasa la música se hace más incomprensible y estridente. Se toman de las manos y se piden disculpa. Se acercan lo suficiente, para rozar los labios, él siente el aliento de ella, ella el de él. Se acercan más, juegan con sus lenguas, en ese instante sienten que el alcohol se a hecho dulce en los labios del compañero. Se acarician y olvidan que están ahí; se aislan. Ya no suena la música, ha desaparecido el olor que sintieron al entrar. Se sueltan las manos y se vuelven independientes; las de él recorren las piernas de ella, las de ella, que en un inicio acariciaban, ahora guían, él no lo necesita, ya conoce el camino exacto. Sin pudor alguno se tocan en las partes necesarias para causar en el otro, lo que ya sabían que causaba.
Se van tranquilizando. Seis metros. A Melquiades le ha vuelto el frío a las manos. Cinco metros. Ya no hablan. La música, poco a poco, suena más fuerte; regresa el olor propio del lugar. Cuatro metros. Se miran, sonríen. Tres metros. Ella llora, el la mira con extrañesa. Vuelve el dolor de estomago. Dos metros. El efecto de la marihuana va desapareciendo, su abuela alguna vez le dijo que era bueno caminar. Un metro. Ella va desapareciendo en su memoria; la cortina está cerrada, sigue lloviznando. Las hormigas van abandonado su cabeza. Melquiades se encuentra solo en la azotea. Desesperado cierra los ojos, allí está ella con su gancho en el cabello castaño oscuro. Los efectos han desaparecido totalmente; ella ya no está, desaparece. Melquiades, con miedo y temblando, baja presuroso a su cuarto, abre el cajon de su velador, busca, encuentra, y arma rapidamente un nuevo porro, lo prende, aspira lo más que puede. Las hormigas vuelven, la mesa, el ron, la música, la pestilencia. Allí está ella otra vez, y casi llorando le dice, creí que ya no te encontraría, ella le responde, yo nunca estuve aquí, recuredas, todo ha sido una broma.
Tiene un dolor estomacal. Su abuela alguna vez le dijo que la mejor manera de eliminar los gases era acostándose de barriga a la cama o, en todo caso, caminar por unos diez minutos; la primera opción ya la descartó por cuestiones obvias. Sus manos frías las introduce en los bolsillos del jean, se encoge de hombros, y comienza a recorrer el perímetro de la azotea; ocho metros de frente y quince de fondo. Vuelve a su mente la imagen de ella; de ella, ingresando al aula; de ella, sonriéndole de manera hipócrita; de ella, saludándolo fríamente; de ella, sentándose delante de él; de ella, recojiéndose el cabello con sus manos blancas; de ella, sujetando su cabello hondeado, castaño oscuro, con un gancho; de ella, hablándole a todo el mundo menos a él; de ella, alejándose cuando él se acerca; de ella, acercándose cuando él se va.
Sigue caminando. Observa una de las ventanas de la casa vecina. Procurando que no lo vean, se agacha; la respiración se le acelera, la cortina está abierta; fuerza la visión, lamenta no haberse puesto los lentes; por fin logra ver algo encima de la cama sin tender, un sostén, un calzón, y otras prendas de vestir de menor importancia para él. Luego de cinco minutos, las piernas se le han entumecido producto de la posición y el frío; sin separar la vista de la ventana, se frota las piernas para calentarlas. Transcurren cinco minutos más, ahora tiene entumecidos los brazos. La esperanza de que la dueña del cuarto ingrese con una diminuta toalla y aún húmeda por el baño, le hacían soportar estas penurias. Diez minutos más, se convence de que nadie entrará y se pone de pie. Sigue caminando.
El frío arrecia y hace que desaparezca la leve rigidez que causó la escena de la ventana. Esta vez pone las manos en los bolsillos de la casaca. En uno de ellos encuentra el porrito; lo saca y comienza a retorcer uno de los extremos. Del otro bolsillo saca el zipo y lo enciende; frunce los labios, aspira fuerte, se concentra; vuelve aspirar, con timidez el humo ingresa a su boca; aspira profundo, el humo en la garganta, en los pulmones, tose; aspira una, dos, tres veces más; con paciencia espera los resultados; una nueva bocanada y el dolor del estomago va desapareciendo al igual que el cigarro entre sus dedos en pinza. Con gran esmero absorbe lo último, se quema la yema de los dedos y deja caer un diminuto pucho amarillento.
Cabeza adormecida, brazos hormigueantes, lengua reseca, sensaciones que nunca quisiera dejar de experimentar. Sube la mirada, el cielo gris y la neblina devorando las covachas del cerro San Cristóbal. Respira profunda y lentamente para hallar aquel delicioso olor que, en otros tiempos, la chimenea de la fábrica de cerveza, vertía en vómitos de vapor hacia el cielo. No lo halla. Vuelve a caminar, esta vez con pasos timidos. Ella se le acerca y le dice que quiere hablar. Treinta metros. Él la mira directo a los ojos y le dice que le gustaría ir a pasear. Salen de la universidad. Veintiocho metros. Doblan la esquina; mejor vamos a tomar algo. Cruzan a la derecha. Veinticinco metros.
Ingresan al lugar previsto. Veintidos metros. Sienten el tufo de cigarro, alcohol barato y humedad que se pega melosamente en el interior de sus fosas nasales. Veinte metros. Suben al tabladillo, escogen una mesa, no cualquiera, la de siempre. Diecisiete metros. El cantinero ya los conoce, automáticamente coloca en el centro de la mesa una jarra, vaso, cenicero, y lo obvio, una oferta. Dieciséis metros. Ella abre la gaseosa, él el ron, lo mezclan en la jarra, se miran, sonríen; salud por ti, por nosotros. Catorce metros. Se sienten cómodos, casi felices. Doce metros. El alcohol ingresa raspando la garganta, irritándola.
Siete metros. Preparan la segunda jarra, siguen bebiendo. Sobre sus cabezas una ridícula neblina de humo se ha formado. A cada minuto que pasa la música se hace más incomprensible y estridente. Se toman de las manos y se piden disculpa. Se acercan lo suficiente, para rozar los labios, él siente el aliento de ella, ella el de él. Se acercan más, juegan con sus lenguas, en ese instante sienten que el alcohol se a hecho dulce en los labios del compañero. Se acarician y olvidan que están ahí; se aislan. Ya no suena la música, ha desaparecido el olor que sintieron al entrar. Se sueltan las manos y se vuelven independientes; las de él recorren las piernas de ella, las de ella, que en un inicio acariciaban, ahora guían, él no lo necesita, ya conoce el camino exacto. Sin pudor alguno se tocan en las partes necesarias para causar en el otro, lo que ya sabían que causaba.
Se van tranquilizando. Seis metros. A Melquiades le ha vuelto el frío a las manos. Cinco metros. Ya no hablan. La música, poco a poco, suena más fuerte; regresa el olor propio del lugar. Cuatro metros. Se miran, sonríen. Tres metros. Ella llora, el la mira con extrañesa. Vuelve el dolor de estomago. Dos metros. El efecto de la marihuana va desapareciendo, su abuela alguna vez le dijo que era bueno caminar. Un metro. Ella va desapareciendo en su memoria; la cortina está cerrada, sigue lloviznando. Las hormigas van abandonado su cabeza. Melquiades se encuentra solo en la azotea. Desesperado cierra los ojos, allí está ella con su gancho en el cabello castaño oscuro. Los efectos han desaparecido totalmente; ella ya no está, desaparece. Melquiades, con miedo y temblando, baja presuroso a su cuarto, abre el cajon de su velador, busca, encuentra, y arma rapidamente un nuevo porro, lo prende, aspira lo más que puede. Las hormigas vuelven, la mesa, el ron, la música, la pestilencia. Allí está ella otra vez, y casi llorando le dice, creí que ya no te encontraría, ella le responde, yo nunca estuve aquí, recuredas, todo ha sido una broma.
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