Tras un dolor de cabeza, Juan abrió los ojos. Un solo y gran cabello rubio despintado por la base, cruzando lo largo de la almohada contigua perfumada por un cuerpo extraño al suyo que ya no estaba ahí, logro en él lo que ni el imprudente sol de la mañana de un verano aún tardío, lo que ni la baba espesada por su excesivo consumo de tabaco, lo que ni la sed ni la deshidratación causante de ese dolor punzante sobre las sienes. Solo ese cabello lo trajo a la certeza de un domingo por la mañana.
Tras un dolor de cabeza Juan despertó solo, otra vez.
domingo, 13 de septiembre de 2009
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